- ¡Qué raro eres, Edgar! – Es una
frase que he venido oyendo mucho últimamente. Durante mucho tiempo no quería
ser raro, quería ser normal y trataba de apegarme mucho a las reglas sociales
de mi contexto mexicano y sobretodo, el religioso. ¿Fui feliz? Sí, supongo que
sí, por lo menos un poco, por resiliencia, creo. Pero no me sentía yo mismo,
eso sí.
Sí soy raro. Reconozco que hubo un
momento hace apenas un par de años que me dediqué a descubrir quién era yo
realmente, aún no lo logro, pero desde entonces me siento mucho más pleno. Ya
no sigo dogmas impuestos ni autoimpuestos. Sigo lo que creo que es correcto no
sólo para mí, sino para los demás, o mínimo que no les afecte directamente.
Sí, soy raro, si es que raro significa
hacer lo que me gusta sin considerar que les guste a los demás. Pero tampoco me
creo único o la más pura estampa de lo extraño. No, tampoco me creo así de
especial. Creo que todos somos raros, que nadie es normal, porque no existe un
a norma para ser una persona, solamente que muchos se siguen esforzando por los
reglamentos impuestos por otras personas y no se atreven a ser ni hacer lo que
siente en el centro de sus entrañas. ¿Las razones? Muchas y complejas. La
mayoría son inconscientes, ideas desarrolladas desde la infancia por información
agregada que no necesariamente es correcta, pero eso sí, dogmática. Es decir,
porque sí, o por que no.
Quienes me conocen saben bien, y los
que no les digo: soy un comelón y tengo un gusto por conocer (en general)
diferentes cosas. Con la comida me fascina experimentar sabores y texturas.
Hace tiempo, en Italia, me serví unos espaguetis
con salsa de tomate (spaghetti al pomodoro). Para los que no saben, la comida
italiana auténtica no lleva mucha mezcla de ingredientes. Son sabores
deliciosamente simples. Yo soy mexicano, y en México se come condimentado. Ya
llevaba unos días en Turín y mi paladar me pedía el picor de las especias, las
cuales no había en el hotel donde me hospedaba. Me serví mis espaguetis y lo
único que encontré con un sabor fuerte fue vinagre balsámico. Como se lo
imaginan, le eché un chorrito y aquello me supo muy sabroso. Así lo disfrutaba
cuando llegó al comedor una transgénero turca de unos 35 años, que estaba de
refugiada en Italia porque en Turquía, su condición de cambio de género sexual
es mal visto –y hasta creo que penado legalmente- al ver lo que comía, explotó en una carcajada
burlona porque había combinado el vinagre con mis espaguetis. NOTA: Menciono lo
de la transgénero turca con esa información para que tomen en cuenta un poco su
trasfondo y la carga psicológica que tenía, nada más. – ¡Qué raro! – Dijo. -
¡Qué mal gusto y ridículo es ponerle vinagre balsámico a los espaguetis con
tomate! – Agregó mientras seguía desternillada con una risa grave que denotaba
los vestigios de su antiguo género masculino.
La gerente del hotel la reprimió. Le
dijo que no debía burlarse de mí. Que yo era mexicano y que el vinagre era lo
más cercano que había en ese momento a la mano para darle un poco de acidez al platillo.
Eso no le importó en lo más mínimo a la turca y siguió riendo un poco más. ¿Me
hizo sentir incómodo? ¡Claro que sí! ¿Era esa su intención? No lo sé. Pero yo
me sigo preguntando qué sería lo que le afectaba o molestaba o causaba gracia
de mi comportamiento. Tal vez lo consideraba fuera de las reglas de la cocina
italiana, lo más probable. Mientras tanto, hubo un momento en el que comencé a
sentir que lo que comía no estaba rico, cuando la verdad era que a mí me
gustaba.
¿Había probado esa turca llamada Jasmine
lo que yo comía? No lo sé. Pero si no lo había probado, ¿cómo podía decir que era
una combinación ridícula? Habló sin saber, algo que no se debería hacer. ¿Y si sí
lo había probado y no le gustó? Pues que no lo vuelva a comer ella. El que yo
lo hiciera ¿en qué le afectaba? Si le parecía de mal gusto me pregunto ¿dónde
aprendió que eso era de mal gusto y por qué? ¿Qué complejos debió haber tenido,
o qué traumas debió haber sufrido para que lo yo comía le provocara tanta risa?
Todos tenemos grabaciones mentales que nos dicen lo que debería hacerse y lo
que no, pero tal vez esas grabaciones estás ahí estorbando y no nos permiten
hacer cosas nuevas nosotros mismos. No lo sé, es sólo una suposición. Ah, por
cierto, nada de eso afectó mi amistad con Jasmine, nos seguimos hablando y nos
llevamos muy bien. Ya no me ve comer espaguetis con vinagre balsámico.
Para completar mi opinión conjugada
comento algo más:
En México se come mole. Hay tantos
tipos de mole como pueblos existen en el país. A los mexicanos (a muchísimos)
nos encanta el mole, por lo menos de un tipo. Una amiga mía mexicana se casó
hace un par de años con un europeo, es un suizo crecido en España. Llegó y
vivió en el norte de México como por cuatro años. En la casa de su entonces
prometida hicieron mole para que lo probara y con sólo ver esa pasta líquida de
color café oscuro dijo, y parafraseo porque me lo contaron: - ¿¡Qué es eso?!
Tiene muy mala pinta – Y para nada le gustó. Él piensa que el mole es
asqueroso. Para quien no conozca el mole que lo busque en internet, pero es una
revoltura de abundantes ingredientes dulces y salados, con diferentes tipos de
chiles (ajíes). Tal vez para este suizo-español el mole es una comida ridícula
con mezclas que no deberían existir. ¿Quién tiene razón? ¿Es en verdad el mole
algo poco apetitoso? ¿Se debería dejar de hacer y de comer mole en México
porque hay europeos que piensan que algo muy feo? Seguramente alguien de la
familia de mi amiga vería a este amigo mío europeo como alguien raro porque no
le gusta el mole. Entonces, si algo de comer es feo o sabroso ¿lo es sólo
dependiendo de la cantidad de persona que lo afirmen? ¿Los espaguetis con
vinagre balsámico son feos porque hay muchas personas a las que no les gusta la
combinación? A mí me gustaron en ese momento. Me gustaron mucho. ¿El mole es
una delicia porque hay mucha gente a la que le gusta? Al esposo de mi amiga no
le gusta por más que proclamen que es un manjar. ¿Yo debería dejar de comer mis
combinaciones creadas por mí al instante, sólo porque hay gente que piensa que están
mal, pero a mí me gustan? ¿Soy raro de verdad por eso? Puede ser que sí, pero
no hay ley alguna que me lo impida.
Puedo ser alguien raro para muchos que
tratan de seguir ciertas normas impuestas por una o más instituciones explícitas
y/o tácitas de índole social y/o religioso, pero ¿en qué afecta eso al
bienestar común? ¿No debería mejor cada quien hacer lo que le venga en gana,
siempre y cuando no corrompa ninguna ley oficial o haga daño directamente a los
demás? Y esto bien podría extenderse a cualquier ámbito de los seres humanos:
la comida, el vestido, el maquillaje, los caminados, las voces, las risas, el
físico, la preferencia sexual, etc. Tal vez, antes de criticar a alguien más
sería bueno preguntarse qué está en uno que hace que aquello me provoque una
incomodidad. ¿Qué programas, ideas o traumas vividos me impiden dejar de ver
con tolerancia lo que otra persona es o hace? A fin de cuentas, mientras no me
agreda y yo pueda hacer y ser lo que me hace feliz, ¿qué tiene que el otro sea
y haga lo que le hace feliz a él?
El problema es cuando uno no es feliz
y eso se descubre con la cantidad de veces que juzgamos de ridículos o con mal
gusto a los demás. La autoreflexión es muy buena, pero no todos estamos
dispuestos a pagar el precio del autodescubrimiento, porque sabernos
vulnerables al darnos cuenta de nuestras propias rarezas nos asusta, porque
pensamos que seremos igual de juzgados por otros como nosotros.
Si lo que el otro hace y es no
interfiere con mi libertad para ser y hacer lo que me hace dichoso, que lo
haga. Y si a mí no me gusta lo que el otro hace y es, pues no lo hago y ya.
¿Qué afán de hacer a los demás como uno cree que deberían ser?
Yo, mientras pueda y tenga libertad,
voy a comer como me gusta, aunque sean ilusiones agridulces en salsa de yogur.
Voy a ser y a hacer lo que me hace feliz tratando de no romper ninguna ley
oficial de la comunidad legal en la que me encuentre. Y cada vez que me digan
que qué raro soy, reiré por dentro y pensaré: “¡Qué reprimido(a) de ser quien
realmente eres y ni te das cuenta. Mientras, vive conmigo y sigue criticando mi
rareza, viviendo por mí lo que tú no te atreves a ser!”.




