sábado, 28 de febrero de 2009

No tomes el camino de la religión, te aprisiona.

Todo comenzó cuando al finalizar de comer con Anna y Ricardo nos preguntamos si el nuevo color de la iglesia de San José sería ese anaranjado horroroso con el que la empezaron a pintar. Dejamos a Ricardo en el servicio social y Anna y yo nos tomamos a la vergonzosa tarea de ir a preguntarle a alguien si quedaría así.
Yo ya estaba maquinando improvisar un inusual acento italiano para evitar parecer idiotas...
Cuando le preguntamos a una garnachera ambulante nos dijo que podríamos encontrar al sacristán a la vuelta de la iglesia, en la primera puerta y así, preguntarle a él.
Y bueno, cuando vimos la puerta nos dirijimos ahí encontrando en su lugar las escaleras para subir al campanario y al techo de la iglesia.
Estábamos emocionadísisimos del nuevo descubriemiento. Un lugar donde no todos entran. Y subimos, subimos y subimos por un espiral oscuro y tenebroso ... al fin, salimos a la luz. ¡Oh, era el techo de la iglesia! Por lo que nos tomamos un montón de fotos. Hacía un viento que casi nos tumbaba pero era hermoso estar allá arriba.
Después, por otras escaleras, subimos hasta el campanario y... ¡más fotos!
Teníamos un chorro de miedo de que alguien nos viera desde abajo y nos llamara la atención, por eso dejamos la experiencia


religiosa de las alturas y decidimos bajar con los "mortales".
Y, cuidando de no pegarnos en la cabeza por las mismas escaleritas empinadas, buscamos el final del túnel oscuro.

Ahí, al final, donde esperabamos ver la entrada que nos había llevado a vivir la experiencia mistica en el corazón de Tlaxcala, encontramos solo unas rejas cerradas con un candado gigantesco.

Sopresa.
Momento de pánico.
Risa histérica.

No sabíamos que hacer y el simple hecho de imaginarme gritándole a alguien para que nos abriera me mataba de risa, porque me acordaba de cuando era un niño al que iban a regañar. Comencé a agitar la mano como chango enjaulado. Riéndome por no poder hacer nada, empecé a gritarle a la gente que pasaba y que, por cierto, no nos pelaba.
Fue en este momento de histeria que Anna me dijo: spostati che provo io! (¡Quítate, voy a intentarlo yo!). Así, gritó lo primero que se le vino a la mente en español: ¡Oigan, nos cerraron aquí!
Nada pasó...

Anna ya se empezaba a imaginar las consecuencias por meternos donde no. Se imaginaba que tendríamos que pasar la noche fría en los escalones de la iglesia con una docena de policías tratando de romper el candado... Hasta que un güerco escuchó mis gritos desesperadamente divertidos y trajo a una señora.
Ésta llegó, con su metro de estatura, y de volada se veía que estaba enojada cuando nos vió...
¿Y qué hacen ahí? ¿Pa'qué se meten donde no deben? ¿Qué no saben que está prohibido? Estaba de verdad enojada.

Entonces, que saco mi súper acento italiano para que, creyéndonos extranjeros, se le bajaran un poco los humos.

Al final, después de habernos llamado la atención en voz bajita, como no queriendo la cosa, nos dejó salir.

¡¡¡Anna y yo estuvimos salvados!!!

Ya para irnos le di un beso a la señora, que por cierto, ella era la sacritán que ni supo decirnos el color final de la iglesia.

domingo, 22 de febrero de 2009

¿A ti qué?

COSILLAS PERSONALES QUE NO CREO QUE TE IMPORTAEN MUCHO