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viernes, 27 de septiembre de 2013

Absurdos modernos: La Corbata, símbolo de esclavitud

El fin de semana fui de saco y corbata a una boda. No tardé ni media hora bailando cuando me quité la corbata por la sofocación que me hacía sentir. Otro día, en el templo al que ocasionalmente voy, escuché que era obligatorio para los chicos que cantaban usar corbata. Hace mucho tiempo supe que había restaurantes en lo que no se permite la entrada a hombres sin corbata. Y ni hablar de eventos de gala donde van las personas “importantes”.

Lo anterior me llevó a preguntarme: ¿Para qué sirve la corbata? Sin duda, hace mucho me respondí tácitamente que servía para poder estar, sin que nadie te mirara feo, en las situaciones anteriores.

Pero, realmente, ahora me respondo que: ¡LA CORBATA NO SIRVE PARA NADA! Ni siquiera es un accesorio útil. No conozco a nadie que use una corbata porque le guste la sensación. Nadie usa una corbata (como debe usarse, verdad. Es decir, ajustada al cuello) cuando está en casa o cuando va al cine con sus amigos como usaría una pulsera o un collar. Otros accesorios realzan o esconden alguna parte del cuerpo, otros tienen un significado como los anillos, otros sólo son de adorno pero no estorban ni causan molestias como las pulseras. Pero las corbatas no aportan nada bueno. Una corbata no hace que un cuello se vea más largo o estilizado; no tiene ningún significado, a menos de que diga una frase o tenga un sello distintivo de una empresa, no tapa una barriga prominente, ni da más volumen a los vientres sumidos; realza la papada (la piel colgante debajo de la mandíbula); cusa calor, comezón o picazón cuando roza con la parte baja de la barba, que es muy sensible; y, sobre todo, estorba horrores.

Por ejemplo, cuando uno va al baño la corbata es el peor de los accesorios. Si se va a hacer pipí, la corbata tiene que echarse hacia la espalda para que no estorbe y termine orinada. Se tiene que echar hacia atrás a fuerzas cuando alguien con corbata va al baño a hacer algo más y tiene que sentarse sobre la taza, si no, la corbata termina dentro del inodoro y ni hablar de los detalles. Estorba para deglutir agua o comida, para agachar sólo la cabeza para leer o simplemente para ver algo hacia abajo, para voltear hacia algún lado o hacia el otro. Usar una corbata no es la comodidad por excelencia y punto.

Entonces, ¿por qué hay que usar una corbata? ¿Acaso porque es elegante? ¿De dónde viene la idea de que es elegante? ¿Qué tanto influye la moda en nosotros para determinar que un hombre (o mujer) es elegante por una corbata? ¿No es posible ser elegante de otra manera que no sea usando una corbata? El asunto de la moda es algo que cada quien asimila como se le antoje, pero llevarlo al extremo de ser necesario para ciertos trabajo, puestos representativos o acceso a ciertos lugares como restaurantes o eventos, es una opresión. Es como un yugo simbólico (pero muy explícito, también). Es una manera de mostrar esclavitud. Al hacerlo necesario u obligatorio ya no hay lugar al albedrío o a los gustos personales. Con la corbata no aplica el dicho: “de la moda, lo que te acomoda”.

La corbata es un accesorio que da distinción. Ahí no tengo argumentos en contra, por supuesto que distingue, pero sólo distingue a alguien que usa de quien no usa corbata. Es todo. Es como la moda inglesa o francesa del siglo XVIII de las pelucas. Sólo porque el Rey Sol, Luis XIV , usaba una para ocultar su calvicie y todos debía imitar al rey, se popularizó a tal grado que incluso hoy en día, en las cortes inglesas, los jueces las siguen usando. “¿Pa’ qué?”.

La corbata además de ser inútil para quien la lleva puesta y estorbosa, puede ser peligrosa. Es un arma potencial para los demás, en este sentido, sí es útil, pero para quien quiera estrangular a un hombre con corbata (o mujer, porque hay algunas que las usan). Literalmente es una soga al cuello. Basta que tomes, hales fuerte y que no sueltes a alguien con corbata para que lo asfixies. En cierto modo, además de símbolo de esclavitud es un método potencialmente mortal. Se me ocurre, incluso, que llega a ser atractivo para algunas mujeres porque subconscientemente es una manera de saber que pueden matar a un hombre. Sí, puede ser que una mujer que sufrió por un hombre en su niñez, sienta que una corbata es una manera en la que puede tener la vida de un hombre en el cual proyecta su odio o frustración. Con sufrir por un hombre, me refiero a cualquier tipo de sufrimiento, no necesariamente que el hombre la haya agredido físicamente. Tal vez, la mujer sufrió por el amor de un hombre al que nunca tuvo, pudo haber sido su padre, tío, profesor, amigo, etc. De manera subconsciente, nunca obtuvo su corazón y ahora, una corbata es una proyección mental que le indica que, si quiere, puede tener la vida de ese hombre. Suena muy loco, pero se me ocurre que para alguien pueda ser cierto.

Ahora, ¿por qué se exige la corbata en ciertos lugares? ¿Acaso una corbata otorga honestidad, bondad, confiabilidad, honor y bondad a quien la usa? Esos son atributos que también tienen las personas que no usan corbata en lugares opuestos de servicios públicos, como las mujeres. Entonces, ¿por qué sentirse ofendido si un hombre en algún puesto de servicio al público no usa una corbata? ¿Ofende que no lleve puesto su símbolo de esclavitud o el arma con la que se sabe, puede matarlo? La verdad, no encuentro ninguna razón lógica para que se use una corbata. Su uso debería ser solamente si la persona quiere llevarla. Jamás algo obligado. Pero bien, sé que muchas personas obedecen a ciertas convenciones sociales absurdas y pasajeras, como las pelucas blancas del siglo XVIII y el uso de las corbatas.

Una corbata, luego entonces, si se quiere usar como accesorio, debería ser opcional de quien decida llevarla. Nunca como algo forzoso ni obligatorio. 

miércoles, 11 de septiembre de 2013

El destino y/o la casualidad de ser felices

La premisa número uno de los seres humanos con deseos de seguir vivos, claro, porque siempre hay los que desean pasar a "mejor vida", es ser felices. (Para evitar aclaraciones posteriores hablaré sólo de los que desean seguir viviendo).

Todo lo que hacemos desde que nacemos está dirigido para obtener placer. Los bebés lloran para saciar sus necesidades básicas y al cumplirlas el cerebro produce endorfinas, que son las hormonas que hacen sentir felicidad. 

Estas necesidades básicas perduran toda la vida, pero van saliendo otras, como las necesidades de la famosa pirámide de Maslow: las de seguridad, afiliación, reconocimiento y autorealización. Pero estas necesidades se describen muy generales y de cierta manera son controlables; pero el ser humano es mucho más complejo y hay situaciones externas que no se pueden controlar.

Para los acontecimientos que simplemente ocurren sin importar la voluntad humana, los hombres (palabra genérica que en español se usa para designar a los seres humanos de ambos sexos y la cual empleo por mera regla gramatical, sin ningún fin sexista... En otra publicación hablo de esto) han creado un mundo de explicaciones para, de nuevo, hallarle el modo a la obtención de la felicidad.

Así pues, si a una persona no le salen las cosas como se las esperaba, puede ser en una tarea del colegio, en un trabajo, en una relación de amistad, de noviazgo o cualquiera otra filiación sentimental, en una situación económica, mercantil, política, etc., etc., crea pensamientos que lo distraigan de la situación problemática o compleja como: "No hay mal que por bien por venga", "De todo se aprende", "Lo que no nos mata, nos hace más fuertes" y, si la persona es cristiana: "Todas las cosas ayudan a bien a los que aman a Dios..." (Romanos 8:28).

Si la tragedia es una que no tiene remedio o explicación el hombre ha creado frases  como: "Todo pasa por una razón", "El tiempo lo cura todo", "Los caminos de Dios son misteriosos", y más. Cada idioma y cada cultura tiene sus propias frases, como si al repetirlas o decirlas en voz alta se negara la realidad: ¡Que nos está llevando la chingada!

Eso es, al ser humano le da miedo aceptar que en ese momento le está yendo del demonio y quiere adelantarse a la parte bonita que le sigue. Anhela seguir en pos de la felicidad. Pero la verdad es que la felicidad nunca se alcanza mientras se esté vivo, después, nadie lo sabe. Por lo pronto, lo único que se puede hacer es tener contentamiento, es decir, aceptar con satisfacción y resignación lo que se vive hoy como es. Para eso, el hombre ya tiene experiencia y callo mientras más tiempo tenga en el camino del vivir. Puede ser bueno o puede ser malo, pero la verdad es que las circunstancias son como uno las quiera percibir.

Aunque cada ser pensante ya debería saber que la vida es cíclica, o sea que todo pasa y, que en algún tiempo se está bien y en otro no tan bien, se tiende a exagerar todo porque, hay que aceptarlo, nos encanta el drama.

Hace tiempo leí una historia en un librito de una autora llamada Mabel Katz que parafraseo de la siguiente manera:

"Había una vez un viejo que vivía en un reino y tenía un hermoso caballo. El rey, que andaba paseando por la aldea, al ver al animal lo quiso comprar pero el anciano se negó. Todo el pueblo decía que era un tonto, que con el dinero que el rey le daría podría salir de pobre. Al día siguiente el caballo había escapado, el anciano había olvidado cerrar la puerta del establo. Todo el pueblo se lamentaba diciendo que era una terrible tragedia porque se había perdido tan hermoso animal que el rey había querido comprar. El anciano respondió que no exageraran y que sólo se limitaran a decir que el caballo había escapado, que no se sabía lo que podría pasar después.

Al otro día, las personas del pueblo despiertan y descubren que no sólo el caballo había regresado, sino que había traído con sí otro cuatro hermosos ejemplares. El pueblo le dijo al viejo que tenía razón y que lo que había ocurrido era una gran fortuna. A lo que el hombre respondió que como siempre exageraban, que sólo consideraran que el caballo había vuelto con otros y que no podía asegurarse que fuera la mayor de las bendiciones.

El único hijo del anciano, viendo que los cuatro animales eran salvajes, trató de domar a uno, pero al intentar montarlo se cayó y se rompió las piernas quedando discapacitado para siempre. El pueblo creyó que ahora el viejo tenía razón diciendo que la llegada de los animales había sido en realidad una gran desgracia. El anciano les respondió con cólera una vez más pidiéndoles que se contuvieran en decir que esto era una gran desgracia.

Pronto, el reino entró en guerra y se enviaron a todos los varones jóvenes del pueblo. Obviamente, el hijo del anciano, al ser tullido no fue mandado al combate. El pueblo reconoció su error y dijeron que el hombre era un sabio, que efectivamente, para él era una fortuna que su hijo no pudiera caminar, de esa forma se salvaría de una muerta segura como el resto de los hijos del pueblo... El anciano, volvió a reprenderlos una vez más".

Como podemos ver, todo pasa. Lo bueno pasa y lo malo pasa. Cada uno vive ambas experiencias a lo largo de la vida.

Esto ha llevado a crear el concepto de destino o casualidad. Hay quienes piensan que todo está escrito y que realmente no hay albedrío, otros piensan que todo se va escribiendo conforme uno vaya tomando decisiones. La verdad, nadie lo sabe por certeza.

Es cierto que hay acontecimientos que parecieran que suceden porque uno los desea fuertemente. Por ejemplo, si uno piensa mucho en una persona especial y al poco tiempo se le encuentra, pareciera una gran casualidad o deseo cumplido.  Pero hay otras veces en las que se piensa lo mismo y la persona no aparece. Así es con todo. Podría ser que sólo ocurre lo que tiene qué ocurrir por el destino. Nadie lo puede asegurar con pruebas.

Sea casualidad o sea destino, la felicidad la concibo como un perro persiguiendo su propia cola. Parece que ya está a un paso pero se aleja siempre. Por eso existe la frase que dice que la felicidad está en el camino no en el destino y, esto depende de cómo se quiera percibir este camino llamado vida.

Hay sucesos mientras se viva. Punto. No se puede negar el hecho de que haya acontecimientos, al fin y al cabo la vida es una serie de ellos. Que éstos sean problemas o fortunas, cada quien lo decide. Cada quien tiene dos ojos (bueno, excepto los tuertos, pero es un decir), uno representa la posibilidad de ver todo bueno y el otro de ver todo malo. Cada quien decide qué ojo abrir para ver cada acontecimiento.