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martes, 28 de octubre de 2014

Delicioso y extraño mole poco apetitoso

- ¡Qué raro eres, Edgar! – Es una frase que he venido oyendo mucho últimamente. Durante mucho tiempo no quería ser raro, quería ser normal y trataba de apegarme mucho a las reglas sociales de mi contexto mexicano y sobretodo, el religioso. ¿Fui feliz? Sí, supongo que sí, por lo menos un poco, por resiliencia, creo. Pero no me sentía yo mismo, eso sí.

Sí soy raro. Reconozco que hubo un momento hace apenas un par de años que me dediqué a descubrir quién era yo realmente, aún no lo logro, pero desde entonces me siento mucho más pleno. Ya no sigo dogmas impuestos ni autoimpuestos. Sigo lo que creo que es correcto no sólo para mí, sino para los demás, o mínimo que no les afecte directamente.

Sí, soy raro, si es que raro significa hacer lo que me gusta sin considerar que les guste a los demás. Pero tampoco me creo único o la más pura estampa de lo extraño. No, tampoco me creo así de especial. Creo que todos somos raros, que nadie es normal, porque no existe un a norma para ser una persona, solamente que muchos se siguen esforzando por los reglamentos impuestos por otras personas y no se atreven a ser ni hacer lo que siente en el centro de sus entrañas. ¿Las razones? Muchas y complejas. La mayoría son inconscientes, ideas desarrolladas desde la infancia por información agregada que no necesariamente es correcta, pero eso sí, dogmática. Es decir, porque sí, o por que no.

Quienes me conocen saben bien, y los que no les digo: soy un comelón y tengo un gusto por conocer (en general) diferentes cosas. Con la comida me fascina experimentar sabores y texturas.

Hace tiempo, en Italia, me serví unos espaguetis con salsa de tomate (spaghetti al pomodoro). Para los que no saben, la comida italiana auténtica no lleva mucha mezcla de ingredientes. Son sabores deliciosamente simples. Yo soy mexicano, y en México se come condimentado. Ya llevaba unos días en Turín y mi paladar me pedía el picor de las especias, las cuales no había en el hotel donde me hospedaba. Me serví mis espaguetis y lo único que encontré con un sabor fuerte fue vinagre balsámico. Como se lo imaginan, le eché un chorrito y aquello me supo muy sabroso. Así lo disfrutaba cuando llegó al comedor una transgénero turca de unos 35 años, que estaba de refugiada en Italia porque en Turquía, su condición de cambio de género sexual es mal visto –y hasta creo que penado legalmente-  al ver lo que comía, explotó en una carcajada burlona porque había combinado el vinagre con mis espaguetis. NOTA: Menciono lo de la transgénero turca con esa información para que tomen en cuenta un poco su trasfondo y la carga psicológica que tenía, nada más. – ¡Qué raro! – Dijo. - ¡Qué mal gusto y ridículo es ponerle vinagre balsámico a los espaguetis con tomate! – Agregó mientras seguía desternillada con una risa grave que denotaba los vestigios de su antiguo género masculino.

La gerente del hotel la reprimió. Le dijo que no debía burlarse de mí. Que yo era mexicano y que el vinagre era lo más cercano que había en ese momento a la mano para darle un poco de acidez al platillo. Eso no le importó en lo más mínimo a la turca y siguió riendo un poco más. ¿Me hizo sentir incómodo? ¡Claro que sí! ¿Era esa su intención? No lo sé. Pero yo me sigo preguntando qué sería lo que le afectaba o molestaba o causaba gracia de mi comportamiento. Tal vez lo consideraba fuera de las reglas de la cocina italiana, lo más probable. Mientras tanto, hubo un momento en el que comencé a sentir que lo que comía no estaba rico, cuando la verdad era que a mí me gustaba.

¿Había probado esa turca llamada Jasmine lo que yo comía? No lo sé. Pero si no lo había probado, ¿cómo podía decir que era una combinación ridícula? Habló sin saber, algo que no se debería hacer. ¿Y si sí lo había probado y no le gustó? Pues que no lo vuelva a comer ella. El que yo lo hiciera ¿en qué le afectaba? Si le parecía de mal gusto me pregunto ¿dónde aprendió que eso era de mal gusto y por qué? ¿Qué complejos debió haber tenido, o qué traumas debió haber sufrido para que lo yo comía le provocara tanta risa? Todos tenemos grabaciones mentales que nos dicen lo que debería hacerse y lo que no, pero tal vez esas grabaciones estás ahí estorbando y no nos permiten hacer cosas nuevas nosotros mismos. No lo sé, es sólo una suposición. Ah, por cierto, nada de eso afectó mi amistad con Jasmine, nos seguimos hablando y nos llevamos muy bien. Ya no me ve comer espaguetis con vinagre balsámico.

Para completar mi opinión conjugada comento algo más:

En México se come mole. Hay tantos tipos de mole como pueblos existen en el país. A los mexicanos (a muchísimos) nos encanta el mole, por lo menos de un tipo. Una amiga mía mexicana se casó hace un par de años con un europeo, es un suizo crecido en España. Llegó y vivió en el norte de México como por cuatro años. En la casa de su entonces prometida hicieron mole para que lo probara y con sólo ver esa pasta líquida de color café oscuro dijo, y parafraseo porque me lo contaron: - ¿¡Qué es eso?! Tiene muy mala pinta – Y para nada le gustó. Él piensa que el mole es asqueroso. Para quien no conozca el mole que lo busque en internet, pero es una revoltura de abundantes ingredientes dulces y salados, con diferentes tipos de chiles (ajíes). Tal vez para este suizo-español el mole es una comida ridícula con mezclas que no deberían existir. ¿Quién tiene razón? ¿Es en verdad el mole algo poco apetitoso? ¿Se debería dejar de hacer y de comer mole en México porque hay europeos que piensan que algo muy feo? Seguramente alguien de la familia de mi amiga vería a este amigo mío europeo como alguien raro porque no le gusta el mole. Entonces, si algo de comer es feo o sabroso ¿lo es sólo dependiendo de la cantidad de persona que lo afirmen? ¿Los espaguetis con vinagre balsámico son feos porque hay muchas personas a las que no les gusta la combinación? A mí me gustaron en ese momento. Me gustaron mucho. ¿El mole es una delicia porque hay mucha gente a la que le gusta? Al esposo de mi amiga no le gusta por más que proclamen que es un manjar. ¿Yo debería dejar de comer mis combinaciones creadas por mí al instante, sólo porque hay gente que piensa que están mal, pero a mí me gustan? ¿Soy raro de verdad por eso? Puede ser que sí, pero no hay ley alguna que me lo impida.

Puedo ser alguien raro para muchos que tratan de seguir ciertas normas impuestas por una o más instituciones explícitas y/o tácitas de índole social y/o religioso, pero ¿en qué afecta eso al bienestar común? ¿No debería mejor cada quien hacer lo que le venga en gana, siempre y cuando no corrompa ninguna ley oficial o haga daño directamente a los demás? Y esto bien podría extenderse a cualquier ámbito de los seres humanos: la comida, el vestido, el maquillaje, los caminados, las voces, las risas, el físico, la preferencia sexual, etc. Tal vez, antes de criticar a alguien más sería bueno preguntarse qué está en uno que hace que aquello me provoque una incomodidad. ¿Qué programas, ideas o traumas vividos me impiden dejar de ver con tolerancia lo que otra persona es o hace? A fin de cuentas, mientras no me agreda y yo pueda hacer y ser lo que me hace feliz, ¿qué tiene que el otro sea y haga lo que le hace feliz a él?

El problema es cuando uno no es feliz y eso se descubre con la cantidad de veces que juzgamos de ridículos o con mal gusto a los demás. La autoreflexión es muy buena, pero no todos estamos dispuestos a pagar el precio del autodescubrimiento, porque sabernos vulnerables al darnos cuenta de nuestras propias rarezas nos asusta, porque pensamos que seremos igual de juzgados por otros como nosotros.

Si lo que el otro hace y es no interfiere con mi libertad para ser y hacer lo que me hace dichoso, que lo haga. Y si a mí no me gusta lo que el otro hace y es, pues no lo hago y ya. ¿Qué afán de hacer a los demás como uno cree que deberían ser?

Yo, mientras pueda y tenga libertad, voy a comer como me gusta, aunque sean ilusiones agridulces en salsa de yogur. Voy a ser y a hacer lo que me hace feliz tratando de no romper ninguna ley oficial de la comunidad legal en la que me encuentre. Y cada vez que me digan que qué raro soy, reiré por dentro y pensaré: “¡Qué reprimido(a) de ser quien realmente eres y ni te das cuenta. Mientras, vive conmigo y sigue criticando mi rareza, viviendo por mí lo que tú no te atreves a ser!”.

lunes, 30 de septiembre de 2013

La comida más rica del mundo; así como ésta, todo lo demás.



No estoy seguro si sea cierto, pero he escuchado de algunos supuestos concursos para saber cuál es la cocina más rica del mundo. En mi país, México, he escuchado que la cocina mexicana es la mejor por su variedad de sabores. Sin embargo, un amigo Italiano que vino de paseo un mes por el sur de mi país, dijo que la comida mexicana se le hacía muy repetitiva y sin variedad; que por eso, todo el mundo sabía que la cocina italiana era la mejor. Algunas otras ocasiones, he oído de personas también extranjeras (y aquí es donde empiezo a notar ciertas “casualidades”), que la mejor cocina es la francesa. Que ésta es la base para todas las demás cocinas del mundo. Un amigo bien fresa, asegura que no ha probado nada mejor que la comida griega y turca. Y también he sabido de quienes afirman que no hay comparación alguna con la cocina asiática como la japonesa o la tailandesa.

Entonces, ¿Cuál es la comida más rica del mundo? Para mí, aunque he probado platillos deliciosos muy variados, la comida que más me pone contento son las entomatadas, (tortillas de maíz enrolladas, rellenas de queso panela, y bañadas en una salsa de tomate, cebolla y ajo; y un poco de más queso espolvoreado encima).

Pero si para mí, las entomatadas son lo que más deleite le da a mis sentidos, y, por ende me pone muy dichoso mientras las disfruto, ¿cómo viene alguien a decirme que la mejor comida es otra? He llegado a una conclusión personal: la comida más rica del mundo no es una opinión generalizada, es siempre algo personal.
Es como para algunas personas la mamá, el papá o los hijos propios son los mejores del mundo. Conozco muy poca gente (y creo que bromeaban) que estaría dispuesta a cambiar a sus hijos por otros que consideran más bonitos, más educados o más inteligentes que los suyos.

Todos los seres humanos, por más miserable que sea la condición en la que se encuentren, tienen la capacidad para ser felices aunque sea con los más mínimos detalles. Las primeras sensaciones de felicidad de acuerdo a algunos psicólogos, son las que cubren las necesidades básicas fisiológicas como respirar, comer y beber. También ayuda si el contexto en el que se llevan a cabo estas condiciones provee tranquilidad y seguridad. La comida es parte fundamental de los seres humanos, es tan común y placentera que es frecuente que tenga siempre un lugar en momentos importantes de las personas.

Los seres humanos van moldeando su forma de ser de acuerdo al entorno en el que se encuentren. Todo lo que suceda en la vida de una persona desde su infancia será almacenado en su cerebro. Todo se acumulará en la cabeza y llegará ahí a través de los sentidos. Entonces, si un infante está comiendo cualquier comida y se encuentra en un contexto demasiado agradable porque satisface todas sus necesidades básicas, y además está en un entorno tranquilo, seguro, cómodo, limpio, y lo rodean personas también satisfechas, esa información será integrada como parte de esa vivencia. Su cerebro que se encuentra estimulado con un contexto feliz, libera endorfinas para distribuir este bienestar por todo el cuerpo. Los seres humanos vinculan todo. Así, la comida que se disfrutaba en un contexto tan agradable, será vinculada como algo positivo. Si este infante repite ese platillo en el mismo ambiente, cada vez que pruebe esa comida en el futuro le remitirá a ese estado de felicidad.

Puede ser que haya sido lo contrario, y que un infante no tuvo momentos así de placenteros cuando se alimentaba. Que sus momentos de placer con la comida fueron después. No importa la edad de la persona cuando empieza a tener momentos dichosos mientras disfruta un alimento, siempre ese momento quedará grabado. Es más, puede ser un niño que sólo comía una pieza de pan de trigo mientras su familia refugiada se protegía en medio de una guerra. Si el niño, con su capacidad para ser feliz en medio de cualquier circunstancia, ve este momento como positivo porque está con su familia a fin de cuentas, cada vez que coma una pieza de pan de trigo recordará con nostalgia ese momento “feliz” de su infancia, por el nexo establecido en esos tiempos.

Es posible que una persona eduque su paladar para diferenciar diversos sabores, como la gente que se dedica a la gastronomía o que tiene que ver con la comida. Esta gente tiene un poco más de posibilidades de apreciar muchos sabores. Sin embargo, es muy difícil desvincular los sabores que lo hicieron feliz desde antaño con otros nuevos. Así, cada persona, al momento de probar un alimento y catalogarlo de rico o no, es influida, en cierta medida por aquellos sabores que se quedaron grabados en sus momentos felices.

Se afirma que los seres humanos crean estructuras desde temprana edad. Tales estructuras, una vez creadas y reafirmadas en la adolescencia y edad adulta temprana, son difíciles de destruir o reconstruir. De acuerdo a psicólogos como H. Gardner, una vez que un adulto mayor tiene fijas sus estructuras en cuanto a lo que es bello, verdadero o bueno, difícilmente aceptará algo nuevo. Por eso, la gente mayor responde menos positivamente a la moda, música, artes plásticas, entre otras cosas modernas, y prefiere las que le eran comunes en el período de su crecimiento y formación.

Así que, si un chef famoso o gastrónomo de renombre opina que una comida es más rica que otra, mi pregunta es ¿cuánto influye su propia historia personal con respecto a la comida en la evaluación que realiza? ¿Cuánto influye la opinión de otros chef de renombre en su propia opinión? Como paladares educados, es posible que distingan pequeñas sutilezas de sabores, pero aún así, es muy poco probable que se desvinculen sus vivencias con sus gustos e inclinaciones.


Entonces, creo que así como en la comida, la opinión verdadera de qué es lo más rico del mundo, es la propia.