miércoles, 11 de septiembre de 2013

El destino y/o la casualidad de ser felices

La premisa número uno de los seres humanos con deseos de seguir vivos, claro, porque siempre hay los que desean pasar a "mejor vida", es ser felices. (Para evitar aclaraciones posteriores hablaré sólo de los que desean seguir viviendo).

Todo lo que hacemos desde que nacemos está dirigido para obtener placer. Los bebés lloran para saciar sus necesidades básicas y al cumplirlas el cerebro produce endorfinas, que son las hormonas que hacen sentir felicidad. 

Estas necesidades básicas perduran toda la vida, pero van saliendo otras, como las necesidades de la famosa pirámide de Maslow: las de seguridad, afiliación, reconocimiento y autorealización. Pero estas necesidades se describen muy generales y de cierta manera son controlables; pero el ser humano es mucho más complejo y hay situaciones externas que no se pueden controlar.

Para los acontecimientos que simplemente ocurren sin importar la voluntad humana, los hombres (palabra genérica que en español se usa para designar a los seres humanos de ambos sexos y la cual empleo por mera regla gramatical, sin ningún fin sexista... En otra publicación hablo de esto) han creado un mundo de explicaciones para, de nuevo, hallarle el modo a la obtención de la felicidad.

Así pues, si a una persona no le salen las cosas como se las esperaba, puede ser en una tarea del colegio, en un trabajo, en una relación de amistad, de noviazgo o cualquiera otra filiación sentimental, en una situación económica, mercantil, política, etc., etc., crea pensamientos que lo distraigan de la situación problemática o compleja como: "No hay mal que por bien por venga", "De todo se aprende", "Lo que no nos mata, nos hace más fuertes" y, si la persona es cristiana: "Todas las cosas ayudan a bien a los que aman a Dios..." (Romanos 8:28).

Si la tragedia es una que no tiene remedio o explicación el hombre ha creado frases  como: "Todo pasa por una razón", "El tiempo lo cura todo", "Los caminos de Dios son misteriosos", y más. Cada idioma y cada cultura tiene sus propias frases, como si al repetirlas o decirlas en voz alta se negara la realidad: ¡Que nos está llevando la chingada!

Eso es, al ser humano le da miedo aceptar que en ese momento le está yendo del demonio y quiere adelantarse a la parte bonita que le sigue. Anhela seguir en pos de la felicidad. Pero la verdad es que la felicidad nunca se alcanza mientras se esté vivo, después, nadie lo sabe. Por lo pronto, lo único que se puede hacer es tener contentamiento, es decir, aceptar con satisfacción y resignación lo que se vive hoy como es. Para eso, el hombre ya tiene experiencia y callo mientras más tiempo tenga en el camino del vivir. Puede ser bueno o puede ser malo, pero la verdad es que las circunstancias son como uno las quiera percibir.

Aunque cada ser pensante ya debería saber que la vida es cíclica, o sea que todo pasa y, que en algún tiempo se está bien y en otro no tan bien, se tiende a exagerar todo porque, hay que aceptarlo, nos encanta el drama.

Hace tiempo leí una historia en un librito de una autora llamada Mabel Katz que parafraseo de la siguiente manera:

"Había una vez un viejo que vivía en un reino y tenía un hermoso caballo. El rey, que andaba paseando por la aldea, al ver al animal lo quiso comprar pero el anciano se negó. Todo el pueblo decía que era un tonto, que con el dinero que el rey le daría podría salir de pobre. Al día siguiente el caballo había escapado, el anciano había olvidado cerrar la puerta del establo. Todo el pueblo se lamentaba diciendo que era una terrible tragedia porque se había perdido tan hermoso animal que el rey había querido comprar. El anciano respondió que no exageraran y que sólo se limitaran a decir que el caballo había escapado, que no se sabía lo que podría pasar después.

Al otro día, las personas del pueblo despiertan y descubren que no sólo el caballo había regresado, sino que había traído con sí otro cuatro hermosos ejemplares. El pueblo le dijo al viejo que tenía razón y que lo que había ocurrido era una gran fortuna. A lo que el hombre respondió que como siempre exageraban, que sólo consideraran que el caballo había vuelto con otros y que no podía asegurarse que fuera la mayor de las bendiciones.

El único hijo del anciano, viendo que los cuatro animales eran salvajes, trató de domar a uno, pero al intentar montarlo se cayó y se rompió las piernas quedando discapacitado para siempre. El pueblo creyó que ahora el viejo tenía razón diciendo que la llegada de los animales había sido en realidad una gran desgracia. El anciano les respondió con cólera una vez más pidiéndoles que se contuvieran en decir que esto era una gran desgracia.

Pronto, el reino entró en guerra y se enviaron a todos los varones jóvenes del pueblo. Obviamente, el hijo del anciano, al ser tullido no fue mandado al combate. El pueblo reconoció su error y dijeron que el hombre era un sabio, que efectivamente, para él era una fortuna que su hijo no pudiera caminar, de esa forma se salvaría de una muerta segura como el resto de los hijos del pueblo... El anciano, volvió a reprenderlos una vez más".

Como podemos ver, todo pasa. Lo bueno pasa y lo malo pasa. Cada uno vive ambas experiencias a lo largo de la vida.

Esto ha llevado a crear el concepto de destino o casualidad. Hay quienes piensan que todo está escrito y que realmente no hay albedrío, otros piensan que todo se va escribiendo conforme uno vaya tomando decisiones. La verdad, nadie lo sabe por certeza.

Es cierto que hay acontecimientos que parecieran que suceden porque uno los desea fuertemente. Por ejemplo, si uno piensa mucho en una persona especial y al poco tiempo se le encuentra, pareciera una gran casualidad o deseo cumplido.  Pero hay otras veces en las que se piensa lo mismo y la persona no aparece. Así es con todo. Podría ser que sólo ocurre lo que tiene qué ocurrir por el destino. Nadie lo puede asegurar con pruebas.

Sea casualidad o sea destino, la felicidad la concibo como un perro persiguiendo su propia cola. Parece que ya está a un paso pero se aleja siempre. Por eso existe la frase que dice que la felicidad está en el camino no en el destino y, esto depende de cómo se quiera percibir este camino llamado vida.

Hay sucesos mientras se viva. Punto. No se puede negar el hecho de que haya acontecimientos, al fin y al cabo la vida es una serie de ellos. Que éstos sean problemas o fortunas, cada quien lo decide. Cada quien tiene dos ojos (bueno, excepto los tuertos, pero es un decir), uno representa la posibilidad de ver todo bueno y el otro de ver todo malo. Cada quien decide qué ojo abrir para ver cada acontecimiento.




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