Hoy, al despertar, abrí mis
ojos a un buen día. ¿Cómo sabía que lo sería?
El Dr. Viktor Frankl fue
prisionero en varios campos de concentración durante al Holocausto nazi. Él sobrevivió,
pero sus padres y esposa no. Vivió cosas de las que muchos de nosotros ya hemos
oído o visto en documentales o películas. Después de un agotador día de pesadas
labores físicas y de recibir vejaciones, insultos, torturas, desprecios y una
cantidad ridícula de pan duro como su único alimento, el judío se recostaba en
su pestilente galera abarrotada de hombres en similares condiciones
infrahumanas. En las noches, donde una hora de sueño era una bendición para
olvidar esa miseria, el hombre escuchaba a lo lejos una melodía producida por
algo así como un violín. En efecto, a unas galeras de distancia, uno de los prisioneros
había creado, con material encontrado, un violín que tocaba por las noches para
aliviar en algo su desgracia. Al oír la música, su espíritu se elevaba y
agradecía a Dios por el regalo de la apreciación y de esa manera, menguar un
poco su sufrimiento. Eso, amigos, a esa capacidad de sobreponerse de cualquier
adversidad en medio de cualquier situación difícil, se llama RESILIENCIA. Viktor
Frankl podía sentir dicha con ese pequeño detalle musical en el centro de un
horroroso huracán producido por el odio de otros.
Así, con esa historia,
decido apreciar diferentemente cada detalle que el día me ofrece, porque cada
apreciación que puedo hacer es un regalo en mi elección de perspectiva.
Agradezco el aire y el sol
que puedo sentir. El techo y la comida que puedo disfrutar. Ver a mi familia y
a las personas que me rodean. Hoy puedo pretender abrir mis ojos a la realidad
que quiero percibir o imaginar. Yo decido si quiero que sea hermosa.
Hoy no es sólo otro día. Hoy
es el único día que tengo por seguro, es un presente sin abrir lleno de
sorpresas y acontecimientos exclusivos y la única respuesta que puedo dar a
este regalo que puede ser el último, es agradecimiento.
Agradecimiento por las cosas
grandes y pequeñas que puedo disfrutar porque sólo hoy, tengo la seguridad de
estar vivo.
Se suele pensar en días
buenos y días malos, pero no hay tal cosa. El momento actual es el único que
poseo por certeza, el futuro no lo controlo. ¿Por qué habría que ser malo si,
al ser único, no se puede comparar? Por lo tanto, decido que sea hermoso porque
el mañana es incierto. Si mi hoy es lo único que tengo, ¿no podría exprimirle
lo más sublime para almacenar por la eternidad ese recuerdo?
Hoy disfruto cada detalle,
cada sonrisa que veo, pero también me gozo con cada sonrisa que regalo y con
cada buen deseo que decido ofrecer a los demás. Decido apreciar una hoja volar
en el viento, una hormiga que trabaja para pasar el invierno; un ave que puede
cantar y los murmullos típicos de mi ciudad.
Tomo conciencia que puedo
moverme, hablar, ver, oír, sentir y respirar. Puedo permanecer en un lugar,
pero también puedo ir o venir a donde quiera con mi imaginación, si no puedo en
la vida real, y lo mejor es que tengo la libertad de crear.
Abro los ojos de mi alma
para abrazar cada bendición de Dios y permito que fluya a los demás a través de
mi presencia en el mundo.
Hoy abro mis ojos y así será,
de verdad, un buen día.
